En la columna izquierda de este blog encontrarán un fragmento de audio extraído del programa radiofónico deportivo líder de audiencia en la medianoche. Concretamente, en su edición previa a la elección de la sede olímpica para 2012.
El tertuliano en cuestión lanza "una apuesta pública". ¡Eso es! ¡Con un par! Después de años como creador de opinión (no vale reirse) con su columna diaria en un periódico deportivo nacional, interrumpe al informador que está analizando las posibles combinaciones de votos, para desautorizarle. ¡A él con esas películas! ¡Pero si está clarísimo cuál va a ser el resultado! O, mejor dicho, ¡cuál no va ser!: "Yo lanzo una apuesta pública: ¡Londres no gana!".
Lo malo no es equivocarse. No hay nada de sonrojante en hacer pronósticos, en fallar, en publicar análisis erróneos. Todos, empezando por un servidor (y no en pocas ocasiones) nos hemos columpiado al predecir tal o cual resultado, esta u otra consecuencia, etc... Pero cuando lo haces sentando cátedra, como invitado a un programa por tu condición de supuesto experto en la materia, después de meses engañando a los lectores con tu falso conocimiento de los entresijos del COI (que no era más que la transcripción de lo que algún informante quería ver publicado diariamente), entonces la cosa es un poquito más comprometida. Tanto como para que un mínimo de vergüenza profesional te aconsejara presentar tu dimisión o, al menos, alejarte durante algún tiempo de tu púlpito informativo.
Y aun así, todo podría quedar olvidado si, tras el error, pides disculpas o guardas ese prudente y avergonzado silencio. Por que, al contrario, lo verdaderamente sonrojante sería tratar de justificar tu metedura de pata echándole la culpa a cualquier cosa menos a tu osadía. Y es que, al final, va a resultar que él tenía razón, pero luego todo el mundo se equivocó.