Hace unos días me enorgullecía en privado de que el nuevo seleccionador nacional es amigo mío. Con Juan Orenga me hubiera gustado hacer algo semejante, poder contar entre mis amistades también con el entrenador del Estudiantes. Ahora, aunque sigue siendo amigo (espero), sólo es otro entrenador en paro (igual que un servidor, por cierto).

Ayer domingo, tras presenciar el horrendo (para los colegiales) último minuto del San Fernando-Estu, presentí que la hora de Juan estaba cerca. No lo escribí por no romper mi retiro vacacional, y porque ya lo había pronosticado semanas atrás demostrando una vez más mis pobres dotes como adivino. Sí, yo estaba equivocado y Juan ha llegado a comerse el turrón, pero no ha pasado de Reyes. Peor para él, me temo, porque vaticino que tardará en volver a tener una oportunidad, después del deterioro que este atropellado debut ha causado en su prestigio.

Podría culparse a la directiva del club madrileño (probablemente con razón) por confiar en un entrenador sin experiencia. Pero el primer responsable de su fracaso es el propio Orenga. Atreverse a debutar como técnico directamente en la ACB es una temeridad propia de un insensato. También de un ignorante, pero me niego a calificar como tal a un ex-jugador con casi 20 años de experiencia profesional en la élite, que conoce perfectamente el turbulento entramado de intereses más o menos confesables que subyace en nuestra liga.

Para sobrevivir como entrenador un la jungla de la ACB hay que, primero, demostrar experiencia como técnico de base (no es el caso); segundo, haberse preparado a conciencia (este quizá sí); y, sobre todo, acumular horas de vuelo como entrenador ayudante, aprendiendo que esto no sólo consiste en saberse la zona-press y usar el pick&roll. La ACB es demasiado miura para un maletilla al que, sin ir más lejos, un servidor (y perdonen la inmodestia) supera en experiencia dirigiendo equipos de baloncesto. No es difícil, cualquiera que haya completado una temporada al frente de un equipo de mini-basket ya habrá dirigido más partidos que Juan.

Su precipitación para aceptar un cargo para el que no estaba preparado le ha pasado factura. Y, lo que es peor, deja una mácula en su historial que resultará difícil borrar. A ver qué equipo se arriesga ahora a concederle una segunda oportunidad. Mi consejo es que se recicle, armado de humildad, y si surge la opción acepte trabajar a la sombra de algún técnico consagrado. Llenará sus alforjas de conocimientos impagables que le ayudarán a subrevivir la próxima vez.

Y para la directiva del Estudiantes, qué añadir. Tras esta experiencia, y con el recuerdo de Charly Sainz de Aja aún fresco, deberían haber aprendido ya que ser un club de cantera significa algo muy distinto a vender jugadores para sobrevivir económicamente y quemar entrenadores jóvenes cuyas urgencias no ayudan a consolidar el patrimonio de la sociedad. Ser un club de cantera supone, entre otras cosas, preocuparse de que Carlos Suárez reciba minutos de calidad ante la más que posible (y anunciada y parece que deseada) venta de Carlos Jiménez al Real Madrid. Y no permitir, por tanto, que en tres de los cuatro últimos choques ACB el joven alero no haya tenido ni una oportunidad, sin hablar de la depauperada Copa ULEB. ¿De quién era la culpa? ¿De Orenga? Entonces, todo solucionado... ¿o no?

Y, puestos a preguntar, como decía aquel viejo anuncio... ¿qué opina José Asensio de todo esto? (de lo de Carlos Suárez y de la destitución de Orenga).