En todos los órdenes de la vida existe un poder establecido, unos individuos o colectivos contra los que resulta temerario enfrentarse, porque por las buenas o por las malas, por capacidad o por fortuna, el destino suele sonreir a sus intereses. En la Fórmula 1 el símbolo máximo de poder es Ferrari. Por historia, por presupuesto, por potencial. Si a ese nombre sumas el de un heptacampeón del mundo como Michael Schumacher, poder al cuadrado. No hay nada que haga la FIA que no tenga en cuenta los intereses del Cavallino o del Kaiser. Entrenan más que los demás y nadie les sanciona. Poder en estado puro.
Pero la Fórmula 1 es grande, posiblemente la organización deporiva más importante del mundo por presupuesto y trascendencia. Y se ha hecho grande a base de que no le tiemble el pulso cuando los poderosos sobrepasan la raya más de lo que incluso a ellos les es permitido. Anoche mandaron a Schumi al último puesto de la parrilla. Por tramposo. Habrá quien diga que aplicar tal calificativo al piloto más grande de la historia es un desvarío, nada extraño por cierto en el autor de este blog. Pero no es el caso. El historial de marrullerías del piloto alemán demuestra que cuando el talento se le agota no repara en formas. Tan grande siempre como miserable a veces.
En cualquier caso, mi admiración por los comisarios que, tras interminables deliberaciones, escarmentaron a Schumacher. Piensen por un momento: junto con el accidente de Massa en la calificación, los Ferrari saldrán último y penúltimo en la parrilla ¡¡del GP más importante del año por repercusión mediática!! Pues así será.
Dos días antes, la ACB nos ofreció otro sonrojante contraste a través de sus encargados de repartir justicia. Disputaban Real Madrid y Barcelona el tercer partido de su eliminatoria cuando un individuo llamado Mitjana, indigno de ser considerado árbitro, juez o cualquier otro cargo que tenga que ver con la ecuanimidad, protagonizó el lamentable ejercicio de pitar la técnica al junior. ¡Hasta Pedro Barthe tuvo que sumarse a las críticas, supongo que muy a su pesar! Y no es solamente el problema individual de un colegiado, es el propio sistema arbitral de la ACB que permite que un árbitro a sueldo de la Federación Catalana arbitre un Barça-Madrid, igual que designa a un árbitro malagueño, Hierrezuelo, para dirigir un Estudiantes-Unicaja.
La Fórmula 1 es grande, entre otras cosas porque está por encima del poder establecido. Hoy los Ferrari saldrán últimos y no pasará nada. La ACB sigue empequeñeciéndose, muy a pesar del que suscribe y para regocijo de competidores deshonestos y sus palmeros mediáticos. Porque lo que necesita la ACB es credibilidad, superar su complejo y rebelarse contra la dictadura de sus poderosos. Mientras los mitjanas de turno sigan obedeciendo a la voz de su amo, el crédito de la Liga continuará menguando.
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